Texto de Juan Ignacio Amado Aranda

Donald Judd, Untitled, 1968

Donald Judd, Untitled, 1968

Últimas palabras

Por Juan Ignacio Amado Aranda
Hacía varios días ya, las curadoras del Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) me habían pedido cordialmente que visitara su nueva exposición titulada Obsesión geométrica. En la invitación, incluían la amplia gama de artistas cuyas obras exhibirían: Mary Rose, Donald Judd, Edwin Mieczkowski, Frank Stella, Mark Rothko, Kenneth Noland, entre otros nombres ampliamente reconocidos, aunque –debo admitir– también ya conocidos. Quizá fue el hecho de pensar que no encontraría allí nada nuevo, nada inspirador, lo que me disuadió de tomarme el metro aquel húmedo domingo al mediodía.
Por alguna razón que desconozco, llegada la tardecita, recibí un llamado de un amigo que necesitaba mi ayuda con cierta urgencia. No hice otra cosa, entonces, que tomar mi saco raudamente y salir a la jungla porteña. Al bajarme del tren, rodeado de un tumulto de gente apurada que dirigía sus miradas siempre al horizonte (¿había un horizonte?), caminé apresuradamente un par de cuadras hacia lo de mi amigo. Mientras caminaba, me cegaron los reflectores que iluminaban la entrada del MACBA. En aquel breve momento que transcurrió a partir del llamado de mi amigo, había olvidado la cercanía que mediaba entre mi destino y el museo. Pensé, entonces, que era un buen momento para hacer buena letra con las curadoras y entré en aquel titán de cristal. Ingresé así, con desgano, en la cámara mortuoria que no me iba a ofrecer más que lo ya visto en páginas de libros, Internet y otros museos. En fin, muertos carentes de interés… o… eso creía entonces.
En esa lúgubre y oscura habitación que me recibía, la vi a ella. En el medio de un blanco y níveo abismo, irrumpía su intenso rojo carmesí. Era todo irrupción: un cuadrado hecho paralelogramo, un contraste cromático, una sombra en plena oscuridad. Me quedé sentado un rato observándola, fundiendo con mi reflexión el caos y la inmutabilidad del objeto que contemplaba. Pensé entonces que se trataba de un momento de locura congelado o, quizá, de un cessez-le-feu. De repente, sentí una mano sobre mi hombro y el subsiguiente tono de reprimenda de una de las curadoras: “Llegaste tarde”. En ese instante pensé: “Para nosotros, siempre es tarde”.

Solamente recuerdo haberle cancelado nuestra reunión a mi amigo y haber regresado a mi hogar. Una vez allí, me puse a pensar en Donald Judd, el autor de la obra que tanto me había desconcertado, y en el minimalismo. Al hacerlo, entendí que aquella obra que ya había tenido la posibilidad de contemplar en otras oportunidades, nada tenía que ver con mis conocimientos de minimalismo. Digo, era evidente el hincapié hecho en la geometría, la reiteración de las formas, lo monocromo, el despojo de todo adorno sobrante, etc., etc., etc. Pero, no encontré neutralidad, sino pasión. No encontré un producto industrial, sino un mensaje humano que iba más allá de lo literal, de la presencia física. Por un momento, sentí que aquella obra, en teoría, reducida a lo esencial, se burlaba de mí, de todos. Quizá se trataba de una fotografía del absurdo cotidiano: el obrar mecánico, el horizonte perdido, la abstracción respecto de la sociedad. En ese sentido, su presencia hierática me invitaba, nos invitaba, a tomarnos un break temporal de contemplación y reflexión, pero, como siempre, llegamos tarde. Es claro que para una obra que vive en el no-tiempo es fácil burlarse de aquellos, como nosotros, que solo nos preocupa el tiempo (¿tal vez porque solo evitamos perder tiempo en lugar de buscar ese místico no-tiempo?).
Hace algunos años, el argentino López Chuhurra advertía que era preciso no olvidar que la obra nacía del artista, pero que, a su vez, a medida que tomaba cuerpo esa obra adquiría fisonomía propia con expresividad suficiente para independizarse y ser. Es que, precisamente, el arte se inscribe en el universo eterno de lo dialógico en el que es interpretado, re-interpretado y – ¿por qué no? – reinventado. El arte no acaba en la última pincelada o incisión, ni siquiera en una crítica. El arte o, mejor, cada obra de arte es un proceso de construcción colectivo superador de instancias individuales. Los minimalistas –si se permite esta humilde afirmación– fueron excedidos por sus propias obras. En su intento de anular la expresividad y el simbolismo, olvidaron, tal vez, que el arte es un agregado de experiencias contemplativas personales que se cruzan e interactúan, que el signo significa por sí solo y que la búsqueda de eliminar toda implicancia emocional tiene un porqué que es en sí mismo expresivo.
Quizá será que nunca entendí bien a los minimalistas… o que la teoría acerca de ellos está completamente equivocada… O bien, tal vez, el arte minimalista fracasó en mí… o en su afán de literalidad… Puede ser, si no, que las vanguardias geométricas trascendieron los fines de sus postuladores. O, ¿será, acaso, que el arte simplemente nunca tuvo ni tendrá “últimas palabras”?

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