Texto de Juan Agustín Otero

ALBERS, JOSEF, Homenaje al cuadrado, 1964

Estudio para homenaje al cuadrado: hard, softer, soft, edge (1964).

Óleo sobre masonita.

En concentración, uno sobre otro, uno dentro de otro, bajo el sortilegio de una permanente ambigüedad, sobre un lienzo que eterniza lo imaginado, los cuadrados se repiten, amarillos, cuanto más cerca del centro más oscuros, cuanto más lejos, más claros, como homenajeándose mutuamente, con insistencia, con ritualismo, en esa degradación delicada de los valores y de los tamaños. Son cuadrados, es cierto, pero tal vez más que cuadrados: son figuras puras ensayadas sobre la tela, concebidas por una mano que no se sirvió de reglas ni de escuadras. Sin ostentación, sin efectismos, en la obra de Albers emerge la fuerza de la forma, que precisamente por su pureza no puede mentirnos. Aquí hay discurso, pero en el cuadro hay significado. Con las palabras se puede engañar porque son signos sustitutivos, cosas que están en lugar de otras cosas, pero los cuadrados no engañan porque simplemente son cuadrados y nada podría reemplazarlos. Es verdad que detrás de esta obra hay una historia, una teoría, un artista cuyo nombre es Albers, un conjunto innumerable de artículos críticos y de comentarios académicos, pero sería vano intentar apreciar el arte por estos medios. No hace falta acudir a ningún poema ni realizar cálculos, porque toda la poesía y el cálculo necesarios están allí, sobre el lienzo, en los cuadrados concéntricos, que no se definen por anexos. Y la única justificación posible de esta reseña, que también está hecha de palabras que pueden mentir y oculta una historia, una teoría y un nombre, es invitar al lector a enfrentar la obra, a enfrentarla el solo, para que luego pueda desmentirme con su experiencia. Pues no existen lenguajes para traducir Cuadrados Concéntricos ni ningún otro ejemplo de verdadero arte.

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