Transeúntes desprevenidos

Transeúntes desprevenidos, primera entrega de la columna ¿De qué se ríe la gente en el museo?

Por Lic. Mariana Gayoso

Hay oportunidades en las que resulta complejo lograr que las personas ingresen al museo, ya sea por pudor, por desconocimiento, o porque prefieran otros espacios de ocio.  Muchas instituciones museísticas piensan diversas estrategias para que las personas se acerquen y así descubran el placer que da visitar estos lugares.

En este caso, al público que recibe MACBA nada de eso le pasa. Afortunadamente, contamos con un buen caudal de visitantes con ganas de empaparse en arte y conocimiento. Sucede que nuestros espectadores se sonríen incluso antes de poner un pie en el piso del museo. ¿Se imaginan por qué sucede esto?

El edificio fue creado por el Estudio Vila, concebido específicamente con la intención de ser un museo, por lo cual las paredes que albergan esta colección de arte contemporáneo fueron pensadas a nivel de escala humana. Interiormente, el edificio fue resuelto con una estructura de hormigón a la vista y madera para los pisos. Es notable cómo con el sólo uso de materiales nobles y de bajo mantenimiento se genera una imagen contundente y contemporánea.

El frente integral que resuelve la relación del edificio con la Av. San Juan es una gran fachada vidriada que llega incluso a expandirse hasta pisos y puertas, y es aquí donde surge el detalle que me gustaría compartir con ustedes: nuestros espectadores llegan hasta las puertas de museo tan maravillados con la estructura del edificio que no distinguen dónde está la puerta de Entrada.

macba2

 

Haciendo un hipotético circuito de los ojos del visitante, podría decirse que naturalmente pasaría lo siguiente: primero observamos el edificio, luego nos detenemos a leer los afiches que indican las exposiciones que están en sala  más el listado de películas que integran el nuevo Ciclo de cine. En una segunda instancia, buscamos la puerta de acceso al museo. Queremos entrar ya, estamos ansiosos por llegar y visitar la colección.

Reparamos en que se nos presentan tres puertas. Empujamos una de ellas y nos damos cuenta de que la puerta nos rebota. “Debe ser que abre para afuera” nos decimos. Volvemos a intentarlo: nada, seguimos sin poder ingresar. Leemos entonces los horarios del museo que figuran en la puerta del medio y pensamos: “Pero si estoy en horario, ¿cómo puede ser?”. Espiamos hacia el interior de MACBA y comprobamos que, efectivamente, está abierto, ya que vemos al personal trabajando. Les hacemos señas desesperadas con la intención de que nos abran y nos liberen de este malestar y es justo en ese preciso momento que Sofía, Jazmín (las recepcionistas) o Julio (personal de seguridad) nos devuelven la seña indicándonos que la puerta correcta es la de la derecha (justamente aquella en la cual no habíamos reparado para nada). Nos damos vuelta y finalmente aparece lo predecible: un cartel rojo, gigante, donde se lee “ENTRADA”.

Morimos un segundo de vergüenza, nos reímos y finalmente empujamos la puerta con una sonrisa en la cara. “¡Y eso que era grande el cartel!” exclamamos de forma risueña a Sofía, quien nos recibe con una expresión amable que nos hace olvidar de aquel infortunio por el que pasamos.


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