Texto de sala por el curador y primeros “Recorridos Dialogados” con el Equipo de Educación

The Workshop
Gilad Ratman

hasta el 9 de noviembre en el MACBA

The Workshop retrata una expedición, una travesía o, más precisamente, el éxodo de un grupo de personas saliendo de Israel. En términos de una narrativa lineal, el grupo entra a una cueva en una ladera del Monte Carmel, que mira a Haifa. El grupo atraviesa grandes cuevas y estrechos pesajes, túneles inundados y secos. Algunos llevan una mochila básica, pero nada que se asemeje a un equipo de supervivencia. Finalmente, llegan a un pozo y comienzan a escalar; en la cima, martillan y perforan la roca. Cuando ésta cede y la luz penetra en el pozo, ensanchan el hoyo y, uno a uno, salen del túnel y entran en un espacio limpio y bien iluminado. La toma larga que documenta este acto posiciona el evento precisamente en el espacio para el cual la obra fue creada originalmente, el  Pabellón Israelí en los jardines de la Bienal de Venecia.

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Si bien la travesía física parece haber llegado a su fin, la travesía personal, no ha terminado. A medida que las personas emergen del pozo y entran en el pabellón, comienzan a acomodar los objetos que encuentran allí y las cosas que trajeron consigo: bloques de arcilla, micrófonos y cables; encuentran una gran caja de madera, que colocan sobre dos caballetes. Resulta que ésta contiene una mezcladora de sonido. Los recién llegados se esparcen por el lugar y comienzan a trabajar con la arcilla. El pabellón rápidamente se convierte en un taller de escultura. Cada viajero esculpe su propio retrato. Insertando los micrófonos en las masas de arcilla, comienzan a hacer ruidos y a gritar usando esos micrófonos. El taller de escultura se transforma en un taller  vocal. Uno de los viajeros, sin dar directivas y sin siquiera ver a la gente que hace ruidos en el piso superior, maneja la mezcladora de sonido en el piso inferior: “esculpe” en sonido mientras sus compañeros de viaje esculpen en arcilla.

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Viajando a través de los cables negros desparramados en el piso del pabellón, las voces arriban a la mezcladora, en donde son “transformadas en otra cosa” por el sonidista. En otro acto de magia, las voces, manipuladas y sintetizadas, se funden en una única onda de sonido. Pero también podemos oir las diferentes capas del paisaje sonoro –el sonido ambiente en las cuevas, voces naturales y distorsionadas, sonidos manipulados. Formalmente, este manojo de cables y la mezcladora, visibilizan el sistema de conexiones que, más que sólo transportar el sonido, conecta gente y crea una pieza única de sonido, una experiencia común, un postulado estético universal.

Sergio Edelsztein

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